“Carta para Josefa, mi abuela” de Saramago

Tienes noventa años. Eres vieja, estás dolorida. Dices que fuiste la más bonita de las chicas de tu tiempo – y yo lo creo. No sabes leer. Tienes las manos gruesas y deformadas, los pies arrugados. Cargaste en la cabeza toneladas de rastrojos y leña, albuferas de agua. Viste nacer el sol todos los días. Con todo el pan que amasaste se haría un banquete universal. Criaste personas y ganado, metiste a los lechones en tu propia cama cuando el frío amenazaba helarlos. Me contaste historias de apariciones y hombres lobos, viejas historias de familia, un crimen de muerte. Pilar de tu case, fuego de tu chimenea – siete veces embarazaste, siete veces diste a luz.

No sabes nada del mundo. No entiendes de política, ni de economía, ni de filosofía, ni de religión. Heredaste unas centenas de palabras prácticas, un vocabulario elemental. Con esto viviste y vas viviendo. Eres sensible a las catástrofes y también a los sucesos de la calle, a los casamientos de princesas y al robo de los conejos de la vecina. Tienes grandes odios por motivos que ya olvidaste, grandes dedicaciones que se basan en nada. Y, aun así, tienes los ojos claros y eres alegre. Tu sonrisa es como un fuego de artificio. Como tu, no vi reír a nadie.

Estoy delante de ti, y no entiendo. Soy de tu carne y de tu sangre, pero no entiendo. Viniste a este mundo y no te preocupaste en saber que es el mundo. Llegas al fin de la vida, y el mundo aun es, para ti, lo que era cuando naciste: una interrogación, un misterio inaccesible, una cosa que no hace parte de tu herencia: quinientas palabras, un huerto en el que en cinco minutos se recorre, una casa de teja y suelo de barro. Aprieto tu mano callosa, paso una mano por tu cara arrugada y por tu cabello blancos, partido por el peso de las cargas – y continuo a no entender. Fuiste bella, dices, y bien veo que eres inteligente. ¿Por qué entonces te robaron el mundo? Pero de esto tal vez entienda yo, y te decía el como, el porqué y el cuando se supiera escoger de mis innumerables palabras las que tu pudieras comprender. Ya no vale la pena. El mundo continuará sin ti – y sin mi. No habremos dicho el uno al otro lo que más importaba.

¿No lo haremos realmente? No te lo habré dicho, porque mis palabras no son las tuyas. Me quedo con esta culpa de la que no me acusas – y esto es aun peor. Pero por qué abuela, porque te sientas en el umbral de tu puerta, abierta para la noche estrellada e inmensa, para el cielo del que nada sabes y por donde nunca viajarás, para el silencio de los campos y los árboles en sombra, y dices, con la tranquila serenidad de tus noventa años y el fuego de tu adolescencia nunca perdida; ” ¡El mundo es tan bonito, y yo tengo tanta pena de morir!”

Eso es lo que no entiendo, pero la culpa no es tuya.

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